Historia de la escalada

Joan Maria Vendrell

La mañana del 3 de junio de 2017 el tiempo y el espacio se paralizaron al unísono, durante las cuatro horas que precisó Alex Honnold para subir la pared del Capitan con la única ayuda de sus manos, sus pies de gato y una pequeña bolsa de magnesio; nada más, pero con todo a la vez. Acababa de firmar una proeza futurista, una escalada del todo irreal tan sólo de imaginarla. Con este acto único y tal vez irrepetible, había firmado la hazaña deportiva más grande de toda la historia. Honnold convirtió su danza vertical donde los sueños y el miedo son inalcanzables en una obra de arte universal, una oda a la escalada y a su ética. Pero para llegar hasta este punto de culminación, Alex tuvo que recoger el testigo de los escaladores que le habían precedido durante más de cien años, y que habían iniciado ese largo camino en busca de la verticalidad y la osadía…

A finales del siglo XIX la mayoría de las más bellas montañas han ido sucumbiendo a la tenacidad de los alpinistas que han hallado el camino más asequible para llegar a lo más alto. Ahora sólo existen dos caminos para seguir con la aventura, o ascender montañas más altas o buscar recorridos más audaces. Y es en esta divergencia conceptual, donde nace la escalada y la búsqueda de la verticalidad. Alfred Mummery fue uno de los primeros en atreverse con recorridos de IV grado en los Alpes y de tener una clarividencia y visión transgresora para la época. Era consciente de que aquellos eran los orígenes de una disciplina en plena efervescencia, y que todas las escaladas estaban predestinadas a tres consideraciones evolutivas: “un pico inaccesible, el ascenso más difícil de los Alpes y una tranquila excursión para señoras”. Tan sólo era cuestión de tiempo que la dificultad de una montaña fuera debilitándose. Pero aunque el grado de dificultad siempre haya sido una de las principales preocupaciones, hay otros aspectos de la escalada tanto o más importantes, como puede ser su ética. Cuando el “cómo” superamos dicha pared pasa por encima de “qué” pared subimos. Y es aquí donde a principios del siglo XX aparece Paul Preuss, considerado el mentor de la escalada, y no sólo por la cantidad de primeras ascensiones, sino por la manera de realizarlas. Su ética vertical se basa en su pureza: sólo se puede escalar en libre y sin medios artificiales aquello que luego uno pueda destrepar con igual habilidad, y por tanto la cuerda y los pitones están censurados en sus escaladas, salvo para asegurar al segundo o en caso de emergencia. Tan grande es su instintiva repulsión por la cuerda que acaba realizando la mayoría de sus escaladas en solo integral y en el caso de ir acompañado, se ata con un nudo que se deshace en caso de caída. Se mató con apenas 27 años escalando sin cuerda siendo fiel a su dogmatismo, pero su legado marcó un límite pocas veces traspasado…

HONNOLD CONVIRTIÓ SU DANZA VERTICAL DONDE LOS SUEÑOS Y EL MIEDO SON INALCANZABLES EN UNA OBRA DE ARTE UNIVERSAL, UNA ODA A LA ESCALADA Y A SU ÉTICA

El relevo lo cogieron a mediados de los años treinta otros osados escaladores como H. Dülfer o W. Welzenbach que siguieron subiendo el listón de la dificultad, a costa de bajar el del compromiso con el uso de cuerdas y pitones de progresión. A ellos le debemos las primeras vías de V grado en los Alpes. Con R. Cassin, E.Comici, H. Bull, A. Dibona y tantos otros caen las primeras paredes de envergadura vertical y se empiezan a resolver los ”grandes problemas” de los Alpes, como así se nombraron a las tres caras nortes del Eiger, Cervino y Grandes Jorasses. Después de la segunda gran guerra, la sociedad europea se vuelve moderna y aparecen escaladores como J.Ravier, L. Terray, L.Lachenal o G. Rébuffat que se reafirman en la dificultad clásica y la proyectan hasta su límite: el sexto grado. Por su parte, a mediados de los años cincuenta y con la aparición de las técnicas de escalada artificial, gente como W. Harding y R. Robbins en Yosemite empiezan a conquistar algunas de las primeras vías en la “catedral” más venerada por los escaladores: El Capitan!

En la década de los años sesenta, con el sexto grado ya asentado y considerado por aquel entonces como el límite de dificultad en libre, la tendencia vertical pasa por trazar la línea más audaz y corta posible para hollar la cumbre. Nacen las directísimas. Aparecen las primeras clavijas de expansión con las que se pueden vencer todo tipo de dificultades sin apenas compromiso y la escalada artificial experimenta un auge, pues hasta ese momento aparecía como una variante residual. Pero dentro de ese etapa de involución, donde la ética se deja de lado en virtud de la estética, también surgieron algunos escaladores que no renunciaron al espíritu de incerteza e imaginación intrínseco a la escalada y fueron a contracorriente, un ejemplo fue W. Bonatti, sin lugar a dudas uno de los mejores escaladores de todo el siglo XX. Por otra parte, en el valle de Yosemite John Grill apuesta por una nueva ramificación de la escalada llamada búlder, donde se busca la máxima dificultad de movimientos en bloques a ras del suelo donde no es necesaria ni la cuerda ni el compañero para practicarlo.

Y llegan los revolucionarios años setenta que como no podía ser de otra manera, dieron un vuelco a los conceptos clásicos de la escalada. Tanto en Yosemite como unos pocos años después en las gargantas del Verdon (Francia), aparecen las primeras mallas multicolores, bolsas gigantes de magnesio y cintas en el pelo, y se empieza a hablar de “escalada libre”. Ahora se trata de subir por una pared sin medios artificiales y sin reposo alguno, buscando la máxima dificultad con el menor compromiso, debido a los seguros de expansión y al uso de cuerda simple. En Bélgica C. Barbier “amarillea” los seguros que no ha usado para progresar, origen del famoso “punto rojo” alemán, que consistía en pintar un círculo rojo al pie de cada vía que se conseguían encadenar en libre. Por este motivo tan esencial, su creador K. Albert es conocido como el padre de la escalada en libre. La revolución vertical ha llegado para no irse. Esta modalidad de la escalada que poco a poco se va apartando de su ascendencia montañera, salvo en Inglaterra donde el puritanismo prohíbe el uso de seguros expansivos, acaba imponiéndose sobre todas las demás. Aparecen las primeras vías de séptimo grado tanto en EEUU como en Europa y una nueva cotación de la dificultad. Desaparece la antigua graduación de la UUIA creada en los años treinta para imponerse la escala de dificultad francesa. De este modo, el antiguo VI grado se convierte en un simple 6a, y de aquí para arriba, sin imponer ningún límite numérico.

Durante los años 80 la escalada deportiva exploró nuevos límites hasta llegar al mítico octavo grado. De la mano de escaladores de la talla de T. Yaniro, P. Bérhault, R. Cortijo, P. Edlinger, S. Glowaz, J. Moffat, C. Destivelle, L. Hill, R. Fawcett, B. Kammerlander y tantos otros, la escalada se globalizó y popularizó como un deporte de masas. Aparecieron las primeras competiciones de escalada, primero en roca y poco más tarde en rocódromos, y nació el concepto del entreno específico. Lo importante era hacer el máximo grado posible. Ya no era necesario “jugarse la vida”, pasar miedo o frío para escalar. La escalada clásica y artificial quedaron en un segundo lugar y las paredes se “contagiaron” de ese espíritu “free”. La mayoría de las vías nuevas de pared ya no se abrían desde abajo con su inherente exposición, sino que se equipaban desde arriba a golde de taladro.

Y llegamos a la no tan lejana década de los noventa que irrumpió con mucha fuerza, tanta como la que necesitó W. Gullich en el año 1991 para firmar el primer 9a de la historia: “Action Direct”. Años después llegarían muchas otras rutas más difíciles , pero ninguna tan célebre y representativa. Con ella el escalador alemán rompió todos los moldes al establecer un grado futurista y que muchos consideraban inalcanzable. Para siempre quedará grabada en la memoria de toda la comunidad escaladora esa icónica foto de su lanzamiento sobre monodedos. Gullich fue el rey y mostró el camino a todos los demás. Pero hubo otro acontecimiento que perturbó los cimientos de las escalada hasta entonces con igual fuerza y pasión, tan sólo dos años después. En el año 1993 L. Hill se convirtió en la primera persona en subir en libre por la vía de pared más famosa del mundo, “The Nose” 900mts/8b+. Tan grande fue su hazaña que al principio algunos la pusieron en duda… No podía ser que la ruta en la que habían sucumbido los mejores escaladores sin éxito alguno, se rindiera ante una mujer. No contenta con eso, Lynn volvió al año siguiente para rizar el rizo, y la escaló en libre y en el día, silenciando muchas voces con su pequeño pero ágil cuerpo. Tanto es así que la proeza tardó doce años en repetirse y treinta años después sólo han conseguido liberarla 8 personas más, entre ellas 2 escaladoras. Lynn cercioró lo que años atrás había sentenciado W. Gullich “el músculo más importante para la escalada es el cerebro”, y el género no importa. Otras escaladoras como S. Vidal en artificial o J. Bereziartu en libre alcanzaron de igual modo el máximo grado masculino de su época, sin darle importancia alguna.

Durante los últimos años la escalada ha seguido creciendo, tanto en dificultad como en afición, para acabar convirtiéndose en un deporte de masas. La escalada en la actualidad vive un inusitado grado de desarrollo, tanto es así que en los próximos juegos olímpicos ya estará representada y en la mayoría de los países existe una comunidad escaladora, unas escuelas de escalada y una infinidad de rocódromos para su práctica. Para sintetizar dicha evolución, nada mejor que hablar del mejor escalador del mundo en la actualidad, A. Ondra. Este prodigioso escalador checo ha hecho subir el listón en todas las disciplinas de escalada que ha probado. En deportiva ha sido el primero en escalar una vía de 9c “Silence”; también fue el segundo (si, no siempre se puede ser el primero) en escalar un 9a a vista “La Cabane au Canada”; en pared ha subido por la vía más difícil en libre del Capitan “Dawn Wall” 900mts/9a; en competición se ha proclamado en reiteradas ocasiones campeón del mundo de bloque y dificultad; y finalmente, en bloque ha escalado el máximo nivel en 8C+ “Ledoborec”.

Todo un largo siglo de evolución de dificultad, ética y estilos en la que la escalada ha llegado a su época de madurez y que nadie podía haber simplificado mejor que Alex Honnold en su danza vertical a través del Capitan. Nada es más simple que la propia simplicidad….

Joan Maria Vendrell es guarda del refugio de Góriz y un gran aficionado a la escalada, el alpinismo y el esquí de montaña en sus diversas disciplinas. Además de numerosas ascensiones en montañas alrededor del mundo ha escalado hasta 300 vías en la norte montserratina, 9 vías en el Capitán y ha participado hasta 20 veces en la mítica carrera de esquí de montaña Pierra Menta. Además, es un ávido contador de historias y todos los que le conocen destacan su gran conocimiento de la historia de este deporte en todas sus formas.